Just like the Pied Piper
Led rats through the streets
We dance like marionettes
Swaying to the symphony
Of destruction
El flyer de internet asemeja una invitación a un cumpleaños infantil: Amarillo ocre, con triangulitos de colores flotando en el margen de forma festiva. Destacado en letras grandes de color negro, en tipografía Comic Sans: Taller de Entusiasmo de Alejandro Rozitchner
El taller convida a inscribirse por mail a
cuatro encuentros semanales: inteligencia positiva – Entusiasmo y superación
del melodrama- taller de escritura (!) – ganas de vivir.
El conjunto del volante,
a los ojos de cualquiera formado[1], es una payasada.
Una payasada completa:
desde el contenido del taller hasta la elección de la tipografía. Una payasada
maestra, para nada sutil pero genial: aturde de infinitas iniquidades a
cualquiera que sienta amor por la reflexión política, y atrae a los que por la
razón que fuere, no disciernen filosofía, de un taller de entusiasmo.
Se abre así el hiato en
el que construyen su nidito estos bichos que la juegan de intelectuales posmo:
Como luce atractivo, como parece desafiar las preconcepciones
sobre la política y la filosofía desde el mismísimo flyer, debe ser Bueno.
Aprovechan la tónica de
taller inspiracional tipo coaching, tan cara a las compañías multinacionales
que han instaurado en los entornos urbanos toda esta jungla de management de clima laboral, para lanzar desde el oficialismo lo más in vogue para la homogenización y
cooptación de la fuerza de trabajo en la pasarela de la patronal.
Los talleres
inspiracionales son el básico preferido del disciplinamiento de la mano de obra
en el sector privado. Buscan crear en el empleado (que asiste en la mayoría de
los casos obligatoriamente) la conciencia de ser uno con su puesto. Fomentan la
individualización de las faltas y la colectivización de los éxitos. Cuando hacés
bien tu tarea ganamos todos, cuando tenés críticas estás siendo egoísta y le
fallás al equipo. Utilizando el lenguaje ultra individualista de la autoayuda,
se hacen pasar las necesidades del sector patronal por las propias, las metas
de productividad de las multinacionales por el éxito personal, el goce de la
vida privada es asociado al prestigio de la empresa donde trabajo. A mi lugar
en ella. A lo que puedo aportarle.
Una vez que el empleado
se ve reflejado en la cúpula empresarial a través del amansamiento de este tipo
de prácticas, su discurso hacia los demás, es igualmente individualista: Me va
bien porque es fruto de mi esfuerzo, mis faltas y carencias son de los demás
que no juegan para mí.
El velado y último
objetivo de los talleres de inspiración laboral, es evitar la acción colectiva
y la solidaridad de planta. Las estrategias son múltiples, a
veces ni siquiera requieren coaching externo. Basta con deslizar el cargo
fantasma de “team leader” y la
responsabilidad de apercibir a quienes antes fueron tus compañeros, para
destruir el mejor de los ambientes al interior de una oficina. El designado
para el cargo cumple el rol de comisario civil de sus compañeros por apenas 400
pesos más en el recibo de sueldo. Una bicoca.
Alejandro, el hijo de
León, a través del lenguaje de la autoayuda, hace converger las necesidades de
la patronal multinacional con las necesidades colectivas de la política, por lo
tanto los dirigentes, devienen team leaders.
Y así, le otorga a la
derecha la herramienta para interpelar a las masas a través de la esfera de la
individualidad: Team
Leaders en versión dirigencial.
¿Necesitan comprender los entramados de la dinámica
social?
No.
Los dirigentes políticos del mañana necesitan entusiasmo, ganas de vivir, Led Zeppelin,
marihuana[2] y saber hablarle a Doña Rosa.
Eso es lo que debe primar en los políticos: buena onda e informalidad.
Buena parla para transmitir los edictos ineludibles,
fatales, de la economía.
Ni la comprensión de las necesidades de
la hora, ni talentos propios, ni coordinación de sectores en potencial
conflicto, ni la historia, ni altura de estadistas, ni la reivindicación de los
derechos, ni las necesidades y reclamos de la ciudadanía.
Ni siquiera una puta escuela de
gobierno.
Ganas.
Parece
joda.
Pero no, no lo es.
Es el hilo de plata que conduce todo el relato de
gestión hace 6 meses.
Es la sangre aglutinante del espíritu de
gobierno de la Ciudad de Buenos Aires hace 8 años.
Mirémoslo al Presidente.
Con todo el respeto que su investidura merece, el hombre presentó
un Coach de Felicidad para que asesore a su Gabinete ampliado.
Las respuestas ejecutivas a todo reclamo social contienen un tinte espiritual
que dista de su representatividad secular: rezar, poner la mejor, sacrificio,
dolor, fé.
Mientras los gigantes mediáticos custodian el
desquicio institucional y social que se desató el 11 de diciembre, cuando el
misticismo macrista se hizo cargo de la administración nacional, desde el Estado
se promociona esta novedosa forma de entender el compromiso político: el
entusiasmo.
¿El entusiasmo por tomar las riendas de la historia
y transformar la realidad?
Algo así…
Es preciso entender que el lenguaje de la autoayuda
es el único conector de sentido que puede darle un vuelo masivo al planteo
político y social de esta derecha trasnacionalizada. Es lo que permite volver las experiencias
ultraindividualistas en un horizonte de sentido meritócrata. Es decir: clasista
y falso. Pero creíble.
Este taller parte de la premisa que a veces,
abrumados por la rutina y algunos tropiezos personales, los ciudadanos se
afligen y les echan la culpa a”la vida”
(distribución injusta de opotunidades para el palo popular) porque lo pasan mal.
O nos parece que el país es una cagada, porque no nos permite crecer tanto como
nos gustaría, o no tenemos las cosas que vemos que tienen en otros países,
donde se vive mejor.
Entonces, en vez de salir a juntarte con tus
compañeros y hacer una movida colectiva, que por fuerza va a rozar individuos
que no estén vinculados con el reclamo, para resistir y conseguir
reivindicaciones de la patronal, miles de veces apoltronada tras los
escritorios públicos…
En vez de luchar, es mejor respirar.
En vez de formarse en la lucha por los derechos, a
veces encauzada, otras, disruptiva...en vez de eso, mejor ir al taller de
Ale.
Ahora que la CEOcracia está a cargo del timón, es inútil resistirse.
Mejor apegarse a la melodía de sirena meritócrata de la inteligencia
entusiasta.
En vez de enfrentarse desgastantemente con
corporaciones multinacionales devoradoras y ricas en recursos y militantes de
todos los ámbitos, mejor un coach de felicidad de rango ministerial, que les
pueda enseñar a los CEOS la correcta respiración y meditación necesarias para vetar
leyes que dejan 120 familias en la calle, cancelar un policlínico, subir la
nafta, dejar sin presupuesto la educación pública, o cargarse entera la Ley de
Medios.
El papel del lenguaje aquí es fundamental. Se trata
de cambiar el contenido total del lenguaje político para asemejarlo al del
género en que mejor se desenvuelve el mentor: la chantada.
El
lenguaje político es entendido por el filósofo como algo bastante negativo,
cuando no académico, por lo tanto vetusto, serio y poco entusiasta.
El sentido común y el eco de sus expresiones más
burdas y mediocres son enaltecidas como la materia en la cual se cincela el
mañana. Sofismo del más berreta, con una pátina dorada color Mc Donald’s.
Para transformar la realidad no hace falta más que
querer dice Alejandro. Usar la inteligencia positiva. Si pongo lo mejor de mí,
y la mejor onda, va a salir.
Y si no sale, aprendemos de eso y vamos de vuelta.
No hay que quedarse en lo horripilante, en lo indignante que nos signifique el
presente.
Hay que respirar hondo y ver lo bueno.
No hay responsabilidades históricas.
Es cuestión de ponerse metas accesibles y llegar. No
importa lo ESPANTOSO que sea el presente, o lo que deba hacer en pos de
conseguir ciertos objetivos. Ya voy a
llegar.
Alejandro se me asemeja a la gente que saluda a los meses.
Y su cristal para la vida pública, es el entusiasmo ingenuo e irresponsable, profundamente cómplice de cualquier horror, recuerda al de la madre de Jonathan Pryce en la película Brasil.
Antes dije que era una payasada, pero una payasada muy astuta.
A cualquiera que no comulgue con esa forma de ver la política y la filosofía,
tamaña mamuchska de gilada lo estropea cerebralmente. Lo arroja al foso de los
iracundos, al quinto infierno de las furias.
Y por lo tanto queda automáticamente en orsai por
irracional delante de cualquiera que no haya explorado el mundo política y
asocie esta actividad con la moderación y la corrección de las formas.
Instintivamente uno se ríe, lo descalifica, lo manda
al sótano de lo increíble, del mentado país generoso. No se ocupa de combatir
esta toxicidad en el lenguaje y entendimiento de la acción política, por considerar,
equivocadamente, que se cae de maduro que es una payasada.
Pero no.
Prendió como fuego en un pajar…
Y es necesario entenderlo.
La academia se durmió en el pupitre y no pudo
combatir a este flautista de Hamelin, que ahora cosecha voluntades garpado por
el mismo Estado vanguardia que subsidia al payasito explotador.
Lo que parece salido de un libro de Dan Brown, acontece
en la realidad argentina.
Promocionan la construcción de tecnócratas del carisma.
Dirigentes ni políticos ni sociales, sino de voluntades.
En este universo, que la Facultad no pudo ni sabe combatir, que nos llenó la
cara de goles que ahora se transforman en recortes y funcionarios cínicos, en
este universo de resignación buena onda, lo permitido es un flan.
Cuando lo permitido en el horizonte político es un flan, la desidia estatal se cuela
por la canaleta de los cursos de autoayuda y respiración.
Desde la perspectiva novedosa, descontracturada,
tipo comic sans, la política se separa de la economía, que tiene sus reglas
naturales descubiertas durante el primer ensayo neoliberal aquí, y adquiere la
misión espiritual de llevar esperanzas a la población.
Siembran esperanzas y confianza en el mercado privado. Le allana el camino para
que se realice con gloria sobre la tierra.
En la concepción rozitchneriana del Estado, la
función de este último es allanar el terreno para el mercado, sobre todo en lo
que refiere a la mano de obra. Es decir, al disciplinamiento del grueso de la
población económicamente activa del país.
Pero no solo en lo referente a la mano de obra se avoca el horizonte de sentido
de este nuevo movimiento ideológico heredero directo de Fukuyama al frente del
gobierno argentino.
Es la tarea irrenunciable del Estado, (concebido como una entelequia necesariamente informal) y de sus representantes, el de sentar las
bases para mercantilizar lo que todavía no haya sido mercantilizado y resolver
de una buena vez por todas, aquel problema de los bienes públicos no factibles
de ser mercantilizados, que planteó Milton Friedman.
Llevar al mercado y sobre todo a los
ganadores de esta configuración actual del capital, a realizar el salto
cualitativo que han estado esperando desde los 70s: la entronización del
empresario como sujeto de la historia. La derrota de la clase trabajadora o
subalterna en la batalla cultural.
Y para ello es necesario poner mucho entusiasmo.
Entusiasmo en la informalizacion de la razón estatal. No hablamos solamente de privatizar todos los servicios y áreas de responsabilidad, sino de imprimirle sello y esencia privada a la vida pública.
Cuando lo permitido es un flan semanal, es
impensable una meta de Estado formal ampliador de derechos y promotor de los bienes públicos:
espacios, educación, salud, seguridad social, estabilidad de precios. Es impensable hablar de cimientos institucionales, de ontología político-estatal en la propuesta de Rozitchner y Marcos Peña Braun.
Más bien todo lo contrario, estamos ante
un Estado Light, desgrasado y desmontable, que colabora con el mercado en la conquista
cultural de todo aquello que le eleve un disgusto. Idealizado como una app que ejecute subcontrataciones,
terciarizaciones, subsidie a multinacionales para que contraten por debajo del
salario mínimo vital y móvil, naturalice la radicación de empresas offshore propiedad de la
mayoría de los miembros del gabinete, el Presidente y los oficialistas más
notorios, fuga de capitales, flexibilidad laboral, quita de
retenciones, tarifas precio “lo que dé”, focalizacion de la politica social, mayor inequidad en la coparticipación federal, revanchismo mediático y judicial.
Todo esto regado y salpimentado de retórica
pastoral paternalista, discursiva de gurú empresarial y realismo mágico de
saldo.
Un poco más
de horno y estamos a las puertas de la Cientología Neoliberal como Razón de
Estado.
[1] No en la mentada
Academia que no es más que una
entelequia pedorra de sentido común para no hablar de la camarilla de viejos
garcas que rigen el aparato burocrático de ciertas casas de estudio, imponiendo
su criterio, sus tesis y sus becarios y rechazando o boicoteando otros, como
sufrió el papá de Alejandro, León; sino que posean al menos dos o tres dedos de
criterio
[2] Pero guarda,
mucho ojo, con tratar de legalizarla.


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