-Querida, no te sientes ahí, no es de señorita- dice la jovatísima vecina del 4to al frente.
En realidad lo dijo millones de veces, en miles de formas distintas. A veces más amable, a veces más onda bruja comechicos… pero siempre con lo mismo: mi persona, sentada en el escalón de la vereda de mi edificio, no podía o mejor dicho no debía estar ahí.
Primero que nada, porque las nenas se guardan en la casa y salen a la calle solo acompañadas por sus padres.
Segundo, porque menos que menos se sientan en el escalón del edificio con sus vecinitos de 12 años del 6to y 5to.
Tercero y más importante, porque a ella no le parecía. Si a ella no le parecía bien, entonces no estaba bien y no debía hacerse.
La vieja, cansada de que me pasara por mis mínimas y preadolescentes tetas, sus consejos sobre el comportamiento en sociedad de una señorita, comenzó por gritarnos primero al amparo de su balcón, y luego arrojarnos baldazos (dos por vez, por lo menos) de agua helada cuando estábamos en la vereda.
El estado de situación en la mente de la jovata era sencillo: Si no entendíamos la voz de la razón (su opinión) por las buenas, entonces entraríamos en cintura con la aplicación de una fuerza determinada, que coercionara nuestros deseos de pasarnos las tardes en la calle. A estos efectos eligió el agua como herramienta de disuasión.
Pero no fue la única: La vieja del 3ro contra frente no apeló a baldazos de agua, pero tuvo el mal paso estratégico de venir a tocar el timbre y charlar cara a cara con mi viejo sus impresiones acerca de como crecía “la nena”.
El la atendió en la puerta del departamento sin hacerla pasar ni ofrecerle una sonrisa. La señora insistió en hablar con mi mamá, (que estaba en bata, en la cocina con el café en mano, tapándose la cara con las manos para no emitir las carcajadas que se le atravesaban por la garganta, entre pitada y pitada de Marlboro), pero finalmente le soltó un “yo no sé si ustedes saben que la chica pasa mucho tiempo en la calle con muchachos, algo así a esta edad no es bueno, yo soy docente…” discurría con voz falsamente quebrada en emotivo interés. No recuerdo que más dijo, pero si a mi viejo contestándole “Mire señora, le agradezco con mucho respeto el interés… ahora, ¿Por qué no se va un rato a la concha de su madre? Gracias por venir”
Y cerró la puerta Pentágono detrás de él, liberando al mismo tiempo las carcajadas de mi vieja en la cocina.
Otra doña horripilantemente aburrida inventó, cuando yo todavía no había cumplido 13, que tomaba cerveza con “tipos grandes” en la Plaza Rojas. La madre de una de mis amiguitas del barrio le prohibió juntarse conmigo a su hija a causa de las cosas que esta señora deliraba en tertulia con otras viejas.
Fantasías pesadillescas de alcahuetas de barrio sin un carajo que hacer en la vida. Cuya única determinación era ver si podían influir en la vida, la libertad o incluso en la felicidad de una pibita random de 13 años.
Una estaba convencida de que podía arrogarse el derecho de intervenir sobre nuestros cuerpos desde el uso de una fuerza legitimada por sus impresiones sobre la vida.
Otra estaba segura de que tenía derecho a expresarse e intervenir sobre las elecciones de educación de un matrimonio y sus hijos, a causa de su profesión de docente jubilada.
La tercera era de las que hablan lo que le parece, pero luego no va a hacerse cargo de las consecuencias de sus actos. Inventando intrincadas fantasías sobre pibas que todavía no dejaban los ositos… un avistaje al morbo asqueroso que sacudió la opinología pública cuando el Caso Ángeles.
Esta bruja espantosa, la más peligrosa de todas, sobre el final de su vida habrá probado las pocas bondades que trae afectivamente ser una vieja hija de mil puta.
Hoy, convertida en mujer sin hijos y sin enfermedades venéreas, quizás la nerd con más calle en todo el país, me siento a desayunar antes de salir a laburar y el ejercicio diario del zapping me atraganta la tostadita con mermelada: Los esbirros infumables de Canal 26 con una placa a todo culo preguntándole a la gente cara de raja que pasa por Plaza de Mayo si “les parecía bien que comieran asado en un acampe”.
No preguntaban si les parecía justo el reclamo, o de última si el acampe afectaba sus personas físicas de manera real (como los piquetes). No, los llamaban a comparecer en cámara porque había asado entre un montón de negros pobres y precarizados de esas provincias que después no podemos ubicar en el mapa. ELHORROR subyace la pregunta ¿Si son tan pobres por que comen asado?
Dos tragedias personales como Deborah Plager y Liliana Franco le gritaban a Ramal que tenía que irse de la Plaza porque la izquierda “quedaba manchada”. Cuando Ramal retrucó que la detención de Sala era autoritaria y que no tenía razón de ser, le gritan “La Argentina es así”.
Como si fueran pocas coronas las que habitan este funeral del periodismo, pero también de la consumición misma de la información por parte del público, cuando las fuerzas de seguridad (o sea gente que reprime bajo órdenes, siempre) balean una murga con chicos presentes, la respuesta tanto de los presentadores de noticias editorializadas como de los televidentes es
Bueeeeeeeno peeeero ¿Qué hacían en la calle?
O peor, confunden la murga con una protesta… y dicen “¿que tenían que hacer ahí, protestando?”
Claro, ¿Qué hacían estos chicos negros tirándose de frente contra las balas de goma de Gendarmería? ¿Qué no saben que no hay que cabecear las balas? ¿Quién los autorizó a salir a la calle?
Lo que las tres Moiras de mi infancia hacían conmigo, el periodismo de entretenimiento lo hace ahora con los sectores sociales vulnerables. A los que se refieren y paternalizan como adolescentes idiotas y repletos de hormonas de 13 años.
Es un discurso hipócrita, donde todo se mece entre la satisfacción y la indignación, poderosos ejes de consumo, y poco más. Donde lo que me parece es razón para cualquier atropello, desde la cantinela faciloide de “pero a mí me parece y mi opinión debe ser respetada y tenida en cuenta”.
Pero la opinión que hay que respetar teóricamente y que hay que tener en cuenta, el discurso moral y ético que emiten desde sus gastadas trincheras llenas de dólares, es la opinión del Pelele.
Si, el mediocre medio pelo que nunca fue ni va a ser nada en la vida. Un tipo que se detesta profundamente pero solo expresa su frustración en vejaciones a quienes son más débiles que el. El audaz con el culo del vecino.
El que boquea mucho pero no se planta ni con la policía atrás suyo, el que tira huevos a chicas llorosas que acaban de perder su trabajo, el asqueroso de chomba y pantaloncito náutico que repite que a Melina la violaron porque se la buscó.
Son todos los gordos cómodos en sus camas, hablando de la ignorancia de los negros, pero no leen ni el volante del delivery.
Son todas las secretarias “biaaam” que le cagan el novio a la amiga y después inventan que tuvieron razón en ser unas hijas de puta, porque es Amor.
Son todos los tipos y tipas que a los femicidios les siguen diciendo “pasionales”.
Son todos los “Algo habrán hecho” pero también “Algo estarán por hacer” y “Estarían por hacer Algo”.
Son esos imbéciles que desfilan por donde un incauto deje un oído, para hablar de torturas todavía más crueles adentro de los sistemas penales. Son los fantaseosos de las ejecuciones en plaza pública por corrupción que casualmente son los mismos que se hacen olímpicamente los estúpidos cuando hay casos de Lobby empresarial.
Son esos tarados y taradas que en el subte le ponen cara de culo a uno que pide, queriendo dar la impresión adentro de esa lata de basura que los transporta, que ellos saben perfectamente como triunfar en la vida, y por lo tanto no aprueban “eso de pedir”.
Es el falso progresismo de juntar tapitas para el Hospital de Niños pero después evadir impuestos o incluso justificar el recorte del presupuesto sobre el mismo que hizo la Ciudad de Buenos Aires.
Es el reinado del poronguita… van mostrando los músculos, metiendo miedo entre los más débiles o los más humildes….queriendo causar algún mal, el que sea. Tan solo por el placer de ver si se puede.
Como estas viejas hijas de puta, que lo que deseaban era intervenir en mi vida como fuere, a fin de cortarme las libertades que a ellas les parecían excesivas.
Sonríen con bocas torcidas y ojos sin alma cuando hablan de darle más tiempo a los excesos del poder y reprimir gente que no se ajusta al estereotipo del pobre de Dickens.
Excede esto cualquier filiación ideológica o partidaria. No hace falta ser zurdo o no serlo para observar los alarmantes niveles de alcahuetería y coprofagia que abundan en los lugares a los que los incautos y los salames acuden por información.
Están entrenando una generación de viejas hijas de puta, de peleles impotentes que justifiquen cualquier abuso, en la fantasía masturbatoria que son ellos quienes manejan la macana.
Bernardo Neustadt tambien volvió….y es millones.
Señora… ¿Sabe donde están sus hijos?
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