domingo, 27 de diciembre de 2015

Del otro lado del Espejo


The other night, dear, as I lay sleeping
I dreamt I held you in my arms

When I awoke, dear, I was mistaken

So I hung my head, and I cried


Música

La cerveza está caliente y la fiesta muy animada.
Extrañamente la poco animada soy yo, estoy intranquila y preocupada… me dan envidia los que pueden bailar y divertirse.
Mientras me levanto del sillón verde para buscar una botella más, observo las lucecitas de colores colgando de las paredes de ladrillo. Una construcción sencillamente soberbia, a medio camino entre una casa rústica y un penthouse de esos que se ven en las películas yanquis y europeas.
Del techo con vigas poderosas de madera cuelga una araña impresionante de hierro forjado.
Muchísima gente, humo y calor… todo está bien.
Menos yo.
Un tipo alto se me acerca y me avisa que tengo que ir a buscar algo afuera. No puedo verle el rostro, parece preocupado, es urgente que vaya yo, no puede ir otro. Sospecho que me quiere sacar de ahí para algo, le agradezco el subterfugio.
Miro por última vez el salón de ladrillo a la vista, poblado de mesas con bebidas, sillones y un gran ventanal hacia la plaza San Martin…
Me invade una extraña sensación de agobio, como de nostalgia… ¿y si mejor no salgo? 
Desecho esa debilidad.
Es la casa de mi abuela, ahí va a estar cuando vuelva…
Salgo a la vereda y observo la enorme construcción desde afuera… parece un castillo, dominando toda la colina, empotrado entre dos edificios grandes de piedra blanca en las esquinas. Frente, la calle empedrada y la plaza que se derrama suavemente hacia los adoquines.

Subo a un colectivo, me ubico en los asientos de adelante, los que son para 4… observo distraídamente por la ventanilla, y escucho discutir fuertemente al chofer con una mujer. Es una situación muy angustiante… me debato entre sí hacer algo o no.
 Decido que no, intento ignorarlos. Aunque me cuesta que no me lleguen las olas de violencia que emanan esos dos. Un odio muy antiguo.
Por la ventana veo caminar a un ex novio de hace mucho, vestido con campera y pantalón de cuero. La imagen viva del rockero. Con un aire al inmortal Phil Lynott
 Me empieza a latir fuerte el corazón, quiero bajarme pero en eso veo que el empieza a correr el colectivo. ¡Va a subirse! Le quiero gritar que se apure, que lo espero, que estoy muy contenta de verlo, que estoy segura (así lo siento y creo que es mutuo) que podemos charlar todo lo malo, hasta quizás volver a estar juntos…
Todo eso que quiero decirle, no se lo digo.
Me queda atenazada en la garganta tanta propuesta amorosa, veo que él se tropieza, pierde el bondi, queda atrás.
Quizás para siempre.

Han descendido todos, hasta el chofer, estamos estacionados en la esquina de Yerbal y Rojas, de la mano de la plaza. Las ventanillas izquierdas ofrecen un paisaje arbolado y colorido.
 Amanece.
Busco debajo de todos los asientos si ha quedado algo perdido de los chicos del primario que se bajaron. El colectivo está vacío, así como la calle.
Debajo de uno de los asientos individuales, al fondo casi paralelo a la puerta, una mochila de colores, abierta. De ella escapan tres carpetas: están a nombre mío y de mi pseudónimo: Nastasya Filippovna. Tienen membrete y logo de la UBA, y una de ellas reza algo así como que fue toda mi culpa, en el título en letra negrita.
Si. Así ha sido, siempre ha sido mi culpa, y alguien lo sabe y lo ha visto. Me estremezco de miedo, de vergüenza y de dolor.
Comprendo que no es la gran cosa, que no son más que culpitas de mierda que tiene cualquier boludo, que la vida no se pasa buscando la pureza puesto que el ser humano es imbécil y ha glorificado la cultura de la muerte y la quietud y no la vida, el paso del tiempo y el cambio. ¿Cómo competir con la perfección de la muerte?
Las carpetitas… pienso en dejarlas ahí abajo del asiento, retirarme en silencio, huir anónimamente de mi pasado y no hacerme cargo de nada.
Pero no puedo… decido agarrar la mochila de colores con su horrible contenido, son mías después de todo… nadie puede acusarme de nada si me hago cargo de mis mierdas.
Experimento una sensación de desahogo y libertad. Ya no debo temerle a mis temores y mis porquerías de antes, les temo si las niego, si las fantaseo… me siento más grande, a pesar de estar sensible.
 Me siento corpórea, real.
Cuando me incorporo para salir por el frente del colectivo, sube El… es un tipo grande, con una camiseta de River y un pantalón de jean.
 Su rostro es difuso, pero no su energía, es arrolladora.
 Me doy cuenta como se adueña de todo el colectivo apenas subido a él.
Dí dos o tres pasos en su dirección, casi temí no poder darlos, con la mochila como escudo guardada firmemente entre los brazos cruzados sobre el pecho. Quedó frente a mí, alcé la vista y ahí estaba, sus ojos en los míos… silencioso y como furibundo.

Somos el mismo fuego.

La mochila cayó a mis pies, lo abracé, hundí mis manos en su pelo, sentí el roce áspero de su barba contra mi piel. Nos fundimos en el beso más hermoso que me han dado en un sueño, y tan solo una vez en la vigilia me han besado así.

(Gracias)

En esa caricia se terminaron de exorcizar todos mis miedos, todas las huellas del camino, las llagas de las plantas de mis pies. En ese cálido y hermoso amanecer, me fundí con el todo, encontré lo largamente buscado, a la vuelta de mi casa, tras un viaje agotador. Supe que nunca iba a dejar de amarlo, que jamás podría dejar de buscarlo, supe que me esperó siempre.
 No supe cuanto había caminado hasta encontrarme, pero la dulzura y lo urgente de su amor alcanzaron para demostrarme que le hacía tanta falta como él a mí.
Nunca más íbamos a estar solos.
Estábamos en casa.


La memoria es el único paraíso del que no pueden expulsarnos.




No hay comentarios:

Publicar un comentario