viernes, 24 de julio de 2015

Cassandra Onírica.


En vigilia de ensueños me vi,
controlar mi conciencia de ser
desplazaba mi punto de encaje
hacia algún lugar
donde no hace falta alas para volar…[1]


Había fiesta en lo de Alejandro. Una jodita que empezó modesta, ni siquiera sabían si iba a venir alguien. Pero arrancaron con el asado igual.
Ale tenía ganas de festejar porque lo habían elegido delegado de su sindicato. Campechano como era, en vez de limitarse a festejar con los suyos en un restaurant, abrió la reja del patio, puso fuerte la música y ahí nomas en la calle, improvisó una parrillita con la ayuda de un alambrado y un par de ladrillos. La idea era que se prendiera cualquiera a festejar. Celebrar con el barrio lo que se había logrado con bastante esfuerzo.
Y lo loco es que fue cayendo gente a la joda. De a poquito, algunos tímidos, otros curiosos que querían ver cuál era la causa de tanto ruido, en un barrio más bien callado y a veces hasta desconfiado. Trajeron mesas y vasos de sus casas, otros pusieron bancos para q los más viejos se sentaran. Un grupo de señoras de 50 y pico llevó una pila de cds bailables de todo tipo (desde el Chaqueño Palavecino al mitológico tractor amarillo) y lucecitas para colgar en el patio y las paredes.
La calle estaba invadida de un carnaval a destiempo, era mayo y hacia fresquete, pero nadie se daba cuenta. Un asado improvisado de 20, había mutado en una bailanta de 200 personas o mas… y seguían cayendo.
Alejandro era un anfitrión nato, no al pedo lo habían elegido delegado. Estaba ocupado en que masomeno´ todos comieran y tomaran, trataba de saludar a todo el mundo, charlar un poco. Parecía disfrutar de organizar el soberano quilombo que se había armado en la callecita.
Puso a un par de amigos a atender las parrillas que habían ido apareciendo como en un sueño, chifló a otros conocidos que juntaran todas las bebidas en una mesa bien accesible. Iba de un lado para otro, no paraba… tenia alma de barrabrava.  Que de la nada se prendieran tantas caras siempre vistas a mediana distancia, cuando iban o venían del trabajo… que saliera todo tan bien; era de no creer. Estaba extasiado. La joda había sobrepasado incluso sus expectativas
.
La novia de toda la vida lo miraba encantada. Ella también ocupadísima en el accountability de los choris, la birra, los panchos, la coca, la pizza, la pizzeta, las masitas y otros manjares que generosamente ponían los vecinos que festejábanse a sí mismos compartiendo los esfuerzos realizados, transmutándolos en una Noche de Recompensa.
Promediaba la joda cuando llegó Cassandra, llamada por el olor del chori. Sonaba “Lo Artesanal” de Viejas Locas, joya rolinga si las hubo.
Divertianse grandes y chicos, algunos estaban recontra puestos con de todo, otros paseaban tranquilos, sonriendo. Había gente en toda la calle, se habían adueñado del espacio público, le habían dado uso a su barrio. Pibes jugando al futbol en la calle: Jóvenes vs Ya No Tanto. Había parejitas medio escondidas a los besos en los zaguanes abiertos, nenes dormidos en camas hechas con sillas.
No faltaba el que comía y tomaba pero señalaba la poca calidad de lo ingerido, o el que confesaba a media voz que las aglomeraciones de gente no le gustaban tanto.
Cassandra paseaba sola, atendiendo un poco a todas las conversaciones, chusmeando, en definitiva. Conocía a Alejandro del barrio, era un buen tipo, aunque no lo había visto mucho antes de la fiesta. A la jermu si la ubicaba más, una mina muy linda. Algunos de los borrachines de la plaza donde Cass paraba le confesaron entre tragos estar enamorados de la flaca, a la que veían pasar de lejos y los saludaba con un movimiento de cabeza.
Y si, además de linda era simpática y ubicada… olvidate, carne para la idealización.
Le pareció a todas luces, un tremendo fiestón. Era mucho el laburo que estaban haciendo los que de buena gana se habían puesto al hombro el disfrute de todos, y que era a todas luces muy complejo de organizar. Cuando el alcohol abunda, también puede abundar el quilombo del malo, insultos, piñas, gente descompuesta…había que atender esas cosas. Ubicar a los más viejos en lugares cómodos, encontrarles baños casi exclusivos. Había que tener algo a mano también para los más chicos, porque no siempre comen lo mismo q los adultos y no tienen por qué ser menos. La cosa marchaba muy bien y estaba muy pensada, si bien, surgían algunas dificultades. No siempre era justa la repartición de comida, había quienes habían repetido varias veces y otros que a pesar de la espera y la buena disposición por alguna razón no habían alcanzado a probar más q tentempiés.
 Tenías algún que otro estallido de vinolencia en algún rincón, alguna señora del barrio descubrió a su marido tocándole el culo a la de acá a dos cuadras. Cosas de cualquier fiesta. La habilidad, la ductilidad de los anfitriones y sus amigos para tomar nota de estos puntos en conflicto constituía toda una novedad para Cassandra.
Pensó en llamar a Carita de Rock para preguntarle si quería mandarse para la fiesta, capaz comer un chori y terminar a los besos en algún rinconcito perdido del pasaje, todo eso regado con birra. Se había levantado romántica.
Se acercó a una de las parrillas que estaban a mitad de cuadra, esquivando una ronda de hippies que tocaban guitarras pintadas y cantaban Spinetta por sobre Los Palmeras, que sonaba en los parlantes que algún vecino había sacado a la vereda. Había varias “pistas” improvisadas en la calle, por los presentes. Ya no era más la fiesta de Alejandro…de hecho, había varios que ni sabían quién catzo era.
Con el celular en la mano formó fila en la parrilla y se puso a mirar alrededor, distraída. La noche estaba hermosa y fresca. Los sauces de la calle se agitaban levemente.
En las ventanas de algunas casas de alrededor, Cass vió gente. Se asomaban con miedo a ver qué pasaba abajo.
Ahora que prestaba un poco más de atención, desde arriba los observaban con un poco de preocupación.
Se separó de la fila y caminó por la calle, entre los recovecos móviles de la fiesta.
Si, de varios lugares se asomaban personas, de rostro adusto o de franca desaprobación. No eran muchos y estaban atomizados, dispersos.
 El teléfono le quedo olvidado en la mano izquierda, había algo que no le gustaba.
En eso escuchó un bullicio malhumorado atrás de todo, cerca de unos grandes parlantes metalizados. La música carraspeó y luego se apagó con un eructo de estática.
Entre la gente del fondo se abrió paso un tipo: pantalón caqui, mocasines, camisa celeste y un saco azul. El cuello lo tenía adornado con un pañuelo caro. El tipo estaba rodeado de gordos grandotes y atrás había unas señoras de cara desencajada, como de clonazepam.
“mmm pintó el bardo” susurro su tercer ojo.
Se acercó un poco más, trepó a una medianera y se dispuso a escuchar qué carajo pasaba. Pensó tristemente en cómo le hubiera gustado manotear un paty o chori… abajo, un pibe con un vaso de litro de birra le convidó cuando le hizo señas. Un copado.
Desde su puesto de observación en la medianera, acovachada por una densa rama de sauce, observó el conflicto vecinal.
Al parecer Trajeado y sus amigos eran la Gente Bien del pasajito de dos cuadras que albergaba la fiesta. Eran los dueños de un par de chalets señoriales que Cass había visto en su camino de ida; luminosos, bien adornados, con altísimas rejas de hierro con firuletes. El ABL de esa propiedad era mínimo dos de sus sueldos… Cass estimó que el desencuentro radicaba en el volumen de la fiesta.

Al parecer no era esa la discursiva de Trajeado.
El tipo empezó a disertar con voz melosa y atiplada, eligiendo muy bien sus palabras -Como para impresionar-, que no tenía problemas en principio con la fiesta, que le encantaba que todo alrededor se hubiera sentido convocado a festejar algo, no importaba qué.
Lo que cuestionaba Trajeado era que la frivolidad de la fiesta de Manolo, la dudosa procedencia de las parrillas y al parecer algo relacionado con el menú. Que no podía ser que algunos comieran y otros no, que era insano que el barrio solo ingiriera carnes y harinas regadas con alcohol o gaseosa, no era saludable para los vecinos que seguramente querían la mejor fiesta con una mesa acorde también a una mesa balanceada. Faltaban ensaladas y un menú vegano, había poco aceite de oliva y el asceto balsámico era medio berreta…
Trajeado no podía decir que le hinchaba las pelotas la gente en la calle, el olor de la carne asada, las risas, los pibes felices y a los besos por ahí en cualquier escalón que albergara dos bien pegaditos.
 Al grupo de trajeado le daba aversión y se murmuraban entre ellos que tenían que estar muy juntitos ahora que habían bajado al ruedo para que los vecinos no los aniquilaran. Divertirse era cosa de fieras.
El nefasto estereotipo de cheto seguía hablando melosamente mientras algunos le prestaban el oído. Alejandro y su novia no le dieron demasiada entidad, acomodaron los parlantes, pusieron la música de vuelta…sin embargo el aire estaba un tanto enrarecido.
Algunos concurrentes, que todavía no habían satisfecho sus ansias de comida y bebida se sintieron tentados a plegarse al punto de vista de los dueños de los chalets.
 En el patio de Alejandro, sobre la gran parrilla de material que había levantado con su viejo, se hacía muy lentamente un lechón de proporciones mitológicas. Cass notó entre hojitas de sauce, que Trajecito Cheto iba dando rodeos por ahí, pero que sus ojos iban y venían al lechonzote. Su curso de avance era lento y parecía errático, pero no lo era.
Iba derecho al lechón.
-Pibe, ¿qué onda el lechón?-  preguntó descolgándose de la medianera una vez hubo pasado el Grupo Desaprobación por debajo suyo.
El chabón que le había convidado cerveza, un pibe grandote con una remera de Primal Fear señaló con la cabeza la parrilla y saludó:
- ¿qué hacé’? Creo q el lechón es para todos, cuando esté listo lo vas a buscar y fué…-
-pero ¿cómo van a hacer? Ni en pedo alcanza para todos…- le manoteó la birra que si alcanzaba para los dos.
-Hay otros más chicos, este viene a ser simbólico. Además creo q hay un sistema de rifas múltiples y sorteos y nosequé para que todos tengan y evitar que unos coman de mas y otros no lleguen. A mí me pidieron q de una manito cuando haga falta, repartiendo estos papelitos, ¿ves?- Sacude un talonario de rifas.
El pibe se alejó, le dejó la cerveza en gesto de máxima caballerosidad y una sonrisa a medio camino de un chamuyo…Cass vió alejarse la leyenda de su remera entre la gente.

El tipo del traje estaba por ahí, hablando a un costado. No perdía oportunidad para señalar algo que anduviera mal y enrostrarle a los anfitriones y colaboradores el mal pasar. Que si estaba todo más o menos sucio, falta de luces, ¿de dónde había salido la plata? Susurraban un tongo con el kioskero de la diagonal, que andaba por ahí, de un lado a otro, nadie sabe haciendo qué.
Conformó un grupito bastante nutrido que lo escuchaba arrobado, acerca del despilfarro que significaba una fiesta en la calle, de la necesidad de llamar a la municipalidad o a la policía, o gendarmería, para ordenar un poco las cosas, por el bien de la gente. Sostenía que los vecinos que habían acudido a la fiesta y compartido el contenido de su heladera con sus allegados estaban errados, que estaban transportados por este presente efímero de fiesta y mañana cuando no hubiera que almorzar se iban a joder y el iba a tener q prestarles dinero o darles trabajo para contrarrestar las pérdidas de los vecinos.
Dentro de todo, la inacción práctica de este detestable vecinito y su grupo no hacía mucha mella en la alegría general.
Hasta que se empezaron a repartir los papelitos de las rifas.
Cass fumaba a un costado sentada en el cordón de la vereda, charlaba con una señora muy contenta porque había bajado con la hija a divertirse y había conocido un grupo de señoras muy simpáticas con quienes bailó Sandro arriba de unas mesas.
Un poco achispada la doña, pero divina.
Pasó Primal Fear y les dejó dos rifas, informándoles que en 10 minutos iban a empezar los juegos, los sorteos y todo el tema del lechón para todos. El que no quisiera comer podía pedir que se lo envolvieran para mañana, pero se lo daban igual…
Por sobre el hombro de Primal Fear, el Cheto de Traje se revolvía furioso los escasos cabellos que le quedaban. Se pasaba la lengua por los labios contrariado… al parecer esto de que todos tuvieran su cacho de lechón lo ponía verde. Los que habían bajado con el miraban a todos lados, inquietos… le dirigían nerviosas miradas, y no se decidían a dirigirle la palabra o a tocarlo.

Llevada por un instinto extraño, casi alienado, Cass avanzó despacio hasta donde estaba Traje Sastre. Tomó brevemente su mano y lo encaró sarcásticamente:

 -Don, ¿quiere una rifa?
En el instante en que tocó la mano helada del tipo del Traje, un rayo de agudísimo dolor le trepó por el brazo, como un teaser tráiler de la artritis. Sentía la extremidad llena de avispas enfurecidas, que avanzaban inexorablemente hacia su corazón, atenazándole todo el cuerpo. Tocar a ese tipo era como el contacto de una picana en la oscuridad.
Se le desdibujó el paisaje, los sonidos se ahogaron. Lágrimas afloraron en sus ojos, deformando los rostros de quienes rodeaban a Traje, volviéndolos máscaras demoniacas. La cabeza empezó a retumbarle al ritmo de su corazón enloquecido.
La mente de Cassandra se llenó de imágenes, de silencio y de muerte. Tocar al Cheto de Traje era tocar el costado maldito de la vida. El Rey de los Nazgul, IT, el Hombre de la Bolsa, finalmente aquí. En ese remedo de ser humano solo cabía la Muerte y el Vacío.
Lo vio sentado solo en su gran jardín, al costado de la pileta. Lo que por fuera era digno de alabanza, por dentro presentaba el más sórdido de los estados. El chalet con garaje para tres autos que envidiaban los transeúntes del barrio, puertas adentro estaba podrido, abandonado.
Paredes descascaradas, moldes caídos. Lo que una vez fueron salas de mármol y grandeza, ahora era nido de bichos rastreros. Las paredes combadas por la humedad, la vida secreta y microscópica bullendo bajo el papel podrido, el bellísimo artesonado del techo cobijaba lúgubres telarañas.

En el patio, una enorme pileta de azulejos esmaltados era territorio de los sapos y las culebras reptaban por el yuyal crecido. El agua verde resplandecía a la luz del atardecer moribundo. El Cheto reposaba en su silla, cadavérico, sonriendo. En los lindes del jardín, entre la ligustrina descarriada y los arbustos había cosas que reptaban y observaban… El hombre de traje estiraba las piernas en su larga reposera, bebiendo sangre. Moscas iban y venían en el canto de su copa. Olía a muerte y putrefacción.
Trajecito no quería la fiesta. Trajecito no quería el lechón. No quería que nadie tuviese nada porque estos negros cabeza iban a caer en la cuenta de que podían, si se organizaban, pasarla bien todos, mal que mal. Hacerse con la llave de su propia felicidad. Buscar alternativas.
Y eso no le gustaba. Trajecito sabía que si estos comían del lechón, iban a empezar a darse cuenta que su gran casa en realidad era una gran mentira, que él no era eminencia en nada. Iban a dejar de darle el lugar preferencial en las juntas barriales, iba a perder todo eso que daba por sentado, o mínimamente iba a tener q empezar a ganarse en serio, como había hecho Alejandro, el reconocimiento de los suyos, a quienes en verdad despreciaba.
Traje deseaba reinar allí, en la muerte. Su máximo esfuerzo consistía en mantener la fachada de su chalet impecable, y convencer a otros de su clase de hacer lo mismo. Con eso solo era suficiente para mantener las cosas en su sitio. Si los vecinos se encontraban en la calle, si ingerían y compartían los frutos de sus esfuerzos con todos, entonces las cosas iban a cambiar en el barrio. Traje odiaba el cambio, pues en él no podía Ser.
Lo que más odiaba del cambio, era que empezaran a decidir por sí mismos y su voz dejara de ser la más alta en el concierto. Empezaban con boludeces como esta de invitar a todo el mundo y que se conozcan al calor de la buena vecindad, seguían con organizarse para comer unos lechones y podía llegar a terminar con una asociación de vecinos y comerciantes en la que no liderara. Podían descubrir que las ratas que asolaban la basura y los patios de las casas contiguas provenían de la suya. Algunos sospechaban, como Alejandro, pero por ahora no le habían destapado el puchero podrido de su realidad.
Traje estaba ahí, para que nada cambiara, y la fiesta se perdiera en el recuerdo de algo q pudo ser bello pero q no había florecido. Tenía apostados algunos de sus esbirros, las cosas que reptaban, cerca de allí, por si hacía falta.
 Paralizada, supo que lo que Traje había venido a hacer era aparatear la joda. Había mucho más en juego al parecer que pasar bien la noche y abundancia de carne de cerdo.
Traje había traído a la Muerte con él.
Alzó los ojos, todavía anegados en lágrimas. Se dio cuenta que no podía hablar, que de sus entrañas solo brotaba un quejido débil. El Monstruo tenía la mirada clavada en la suya, sus cuencas oculares eran dos pozos de oscuridad inyectada de ira. La boca una mueca cruel, sus dientes postizos asomaban en un rictus de asco y desprecio.
Lo veía tal cual era.

“…y les fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad y con las fieras de la tierra…”
De su bolsillo, lentamente, Traje saca un abrecartas largo y afilado. Cass sabe que debe empezar a moverse si quiere salvar la vida, pero el hechizo del ser es muy fuerte.
 Cae de rodillas.
Detrás de Traje, a 15 metros, y con la paz extraña que invade a quien acepta la muerte, Cassandra puede observar la espalda de Primal Fear que habla con alguien pequeño, señalándola. La joven mujer en el piso entiende que la misión irrenunciable del engendro es terminar con la fiesta sin ser descubierto como lo que es. Por eso no ha levantado la perdiz diciendo que lo que jode es el quilombo, como haría cualquier vecino ortiva que mañana tenga q levantarse temprano a laburar. Por eso esa meticulosa fachada de estar “velando” por los intereses gastronómicos de quienes se apersonaron… su destino es ser el Guardián de la Nada y el Vacío. Evitar que haya Algo.
Cassandra va a morir. El brillante metal lanza destellos rojizos bajo las luces de la calle. El asfalto rugoso le lastima la piel, pero tiene el cuerpo dormido. Los ojos de Traje, fijos en ella, refulgen maliciosamente un instante antes de decidirse a atravesar su corazón con la daga. Súbitamente se apartan de ella y la expresión torva y sádica de su rostro se transforma.
Cassandra siente su cuerpo recuperar la autonomía e instintivamente mira en la misma dirección que su verdugo. El monstruo guarda en su manga el abrecartas con un águila grabada en el mango, y se aparta unos pasos. Observa a Cassandra una vez más, lanzándole una mirada de advertencia. El dolor entre sus sienes se intensifica un momento y luego remite. Traje se escurre por donde vino, hacia la oscuridad.
En el piso, respira hondo y llora desesperada. Unos brazos pequeños la ayudan a incorporarse, una sensación de aguda tristeza la invade… no puede hablar, ha olvidado cómo hacerlo. Se debate en el abismo de quien ha visto el final de todas las cosas.
Atrapada en sus luces de muerte.
Una mano fresca le aparta el pelo de la cara. Unos ojos oscuros e inteligentes se posan en los suyos.
Es la mujer de Alejandro.
Los resabios de la magia negra del cheto de Traje se esfuman, el dolor huye de su cuerpo tan rápido como llegó. Su corazón deja de romperse en pedazos. Puede hablar, TIENE que hablar, porque hay que denunciar a que vino el tipo de Traje…
-EL LECHON! Le espeta desesperada, intentando comunicarse por señas- el lechón, el lechón! – Cassandra quiere explicarle a la mujer de Alejandro todo lo que vio, sabe que ella necesita saber que el enemigo está acá, entre nosotros, que está dispuesto a todo. Que bebe nuestra sangre en su guarida inmunda, que la roba mientras dormimos, pero sobretodo que teme que lo descubramos. Que quizás mas allá haya otros como él, o peores, monstruos que aguardan en la oscuridad a que les toque otra vez su reinado de inmundicia. Profetas del odio, profetas de la oscuridad, vendedores de esclavos.

Pero de su boca sale una sola palabra “LECHON”.
-LECHON!!!!LECHONLECHONLECHONLECHONLECHON!!!- grita en la oscuridad del monoambiente, levantándose de un salto, tropezándose con la frazada verde y gris que ha caído a un costado de la cama. El corazón le late violentamente, esta transpirada y llora.
 Algo grandote y caliente la abraza.
-¿Qué pasa? ¿Estás bien? - la hamaca en su pecho. –shhhhhh ya pasó ya está. Mirá, acá no hay ningún lechón…-
Cassandra se calma. La sensación del sueño la va abandonando…tan vívido, tan terrible. Repasa todo rápidamente para no olvidar nada y poder escribirlo en la mañana. Los nombres, la fiesta, la gente, las imágenes.
Abre los ojos, despacio. La semipenumbra del monoambiente la recibe como un abrazo.
 Deja de temblar. Su compañero sigue tranquilizándola instintivamente, sin saber muy bien de qué va la cosa, pero avocado a la tarea.
Cassandra se aparta un poco para poder mirarlo. En la pechera de la remera de su amante dice bien claro: Primal Fear.
 Pasa la mano sobre las letras estampadas, encontrando consuelo en esa textura gomosa.
Respira hondo y el perfume de Carita de Rock le llena las fosas nasales. Se limpia las lágrimas y le sonríe.
-¿Que pasó linda? ¡Me hiciste pegar un cagazo bárbaro! ¿Estás bien? ¿Necesitás algo?- la voz pastosa por el despertar brusco está llena de calidez, (y de sueño), le sale medio Gallo Claudio.
Cassandra se cubre con la sábana, besa el rostro que ha bautizado “Carita de Rock, contenta de haber despertado. Lo besa intensamente para sacarse la sensación de muerte y silencio.
Luego, miente:
-Una pesadilla, ahora no me acuerdo bien…un monstruo parecido a Barreda me quería robar un lechón...y eso era todo lo que tenía en el mundo- esto último sale con un sollozo ahogado.
Él le acaricia la cabeza para tranquilizarla, una magia blanca que descubrió su primera noche juntos.
La siente aflojarse, entregándose al descanso.
Carita de Rock mira la efigie de Eva Perón bajo el poster de Jack Daniels, meditabundo.
“¿Qué carajo pasa acá?”
En breve él también vuelve a roncar…






[1] Attaque 77, Onírico . A ver si lo podemos hacer mariconear de vuelta…

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