viernes, 17 de mayo de 2013

Quimeras Infumables




Ayer viaje en taxi con lo que podría ser Jorge Lanata en 10 años. Su voz rasposa era una copia fiel de la del presentador televisivo, su impenitente cigarro que desafiaba el viento y el frío los hermanaba en el vicio. La retransmisión tardía del universo de Radio 10 a través de su trajinada garganta me indicó que mi firme reticencia a ver el popular programa dominguero indignador era un castillo de naipes frente a una ventana abierta.
Escupe. Fuma. Arremete de vuelta: chorivino y 150 pesos sale la política. Un misil disfrazado de terremoto. Tiros para todos y justicia para ninguno.
Escupe otra vez. Hasta las pausas en su declamación son iguales a las que hace el ex periodista. El tipo me quiere explicar la realidad, porque asume que me la perdí. Me pasó por al lado y me la perdí. Pero gracias a una casualidad lo tengo a él, a mi propio Lanata para explicarme las cosas que yo no entiendo, y de paso llevarme hasta Palermo.
Se empieza a notar, en mis rasgos espiados a través del espejito entre el rosario "pitada-exhalada-escupida-pitada", la impaciencia para mitologías antipolíticas que puede ser quizás, mi peor virtud. Después de escupir religiosamente por la ventanilla e inspirar profundamente, lanza el ataque maestro: los 6 pesos por día.
Me cansó. Antes de abrir la boca, pienso ¿Cuando le pregunté a este señor acerca de sus inclinaciones políticas? Desecho la pregunta, hoy en día te dicen todo sin necesidad de preguntarle a nadie.
Lo interrumpo en seco, en el medio de una trama gran hermanesca acerca de la inflación oficial. Le señalo la decisión política detrás del índice de inflación oficial, esa que a nadie le interesa. Siempre es más interesante la vida si podemos tener grandes perversos en el poder, que mienten sin tener razón alguna para mentir. Siempre es más interesante tratarnos a todos de castrados idiotas, de impotentes inconformes o de negros cabeza. En el país de mi Lanata, no existe, existió ni existirá razón de Estado más que la absoluta infelicidad y humillación de la gente bien.
Se enoja, me acusa de no entender nada, de no tener razón. En eso le doy la mano, me llamo Bárbara, la que no posee logos. Sostiene impertérrito, que para el caso, si tenemos deuda externa, entonces no habría que gastar un mango más hasta no honrar esa deuda o no haberla pedido nunca. Raciocinio sostenido, cual Mariano Grondona rodante, en un dicho griego. Griego como mi nombre, que me impele a ser para siempre una negra cabeza de tuca. Y como tal, arremeto yo contra los grandes capitales financieros internacionales, la dictadura, la desindustrialización, el neoliberalismo, en fin, la civilización en pleno. Me abuso, a propósito, de mi léxico y mi preparación.
Lanata, el ex director de Pagina 12, tiene una forma particular de comunicar, que paradójicamente dentro del medio le es muy respetada: “créanme a mí y punto”. La objetividad de la subjetividad. El resto se llena con formas declarativas muy vehementes, cancherismo y cigarrillos. Un Pergolini gordo digamos. Mi Lanata tachero, también en eso se le parece. Me pregunta de dónde saque yo esas brujerías. Brujerías a las que yo llamo análisis objetivos de la coyuntura histórica de la política argentina en los últimos 40 años… Ok, son brujerías.
Me hartó. Sospecho que el escupidor serial de esquinas  que me transporta es un poco misógino. No sé por qué, pero me da esa impresión. O será el gorrito de lana con pompón que tengo puesto, que desautoriza cualquier pensamiento racional surgido de la cabeza que cubre.
-Soy Politóloga- le digo, indicando en el hablar la P mayúscula. Lo miro fijo a través del espejito. Se atraganta con el humo en medio de una tos seca. Me doy un poquito de asco, pero el gordo se la buscó.
Me mira, me vuelve a mirar.
-¿Vos sabias que acá hubo un terremoto que no fue un terremoto? Fue un misilazo.- dice, abandonando como un James Bond desacartonado, el barco hundido de la conversación política.
Me reclino de vuelta en el asiento, dispuesta ahora a escuchar las historias fantásticas del Lanata rodante lo que resta de viaje. Banderas que no son las nuestras (ni el Billiken se salvó), conspiraciones debajo de los manteles, la raíz siempre es la misma aunque cambie la anécdota: No hay racionalidad colectiva en este mundo, solo hay un conjunto de pocos ganadores con ganas de jugar al titiritero con nosotros.
Ese hombre quizás no es consciente del peligro que se desliza en su discurso. No sabe o no quiere saber, que sus pretendidas verdades son mitos. Una imagen que oculta el entramado social de un momento determinado. Ese hombre se fuma a sí mismo, en una retroalimentación permanente y tenebrosa. Yo me negué a ser fumadora pasiva de su mitología acerca del Ser de la política, pero ese cigarrillo anda por ahí, sobre las cuatro ruedas de una camionetita, el transporte de las quimeras de quienes prefieren defender el discurso descorazonador de la antipolítica, esa que siempre cuando hace frío, te deja a pata.

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