La infamia de los que murmuran.
Este
trabajo es un breve intento por dimensionar a través del arte y más
particularmente la obra de Daniel Santoro, la impronta sensible que el
justicialismo ha dejado tras de sí. Esa ideología de la justicia como el goce
de todos, pero sobretodo de los desamparados. Es posiblemente debido a esta
ideología de la felicidad justicialista que aun hoy, el peronismo es asociado
no solo al bienestar y la calidad de la vida, sino a las cosas felices. Un día
peronista en el dialecto cotidiano despreocupado es un día muy bonito,
despejado y fresco (un día forjado en octubre), una chica peronista significa
una chica con atributos físicos atractivamente generosos, es la cadencia hipnótica
del bombo y es el olor a asado en una obra en construcción. Al asueto laboral y
el aguinaldo se conoce como San Perón.
Sin
embargo, en el imaginario antiperonista, este movimiento fue una crónica de
horror lovecraftiano. Peronista significa para este sector un abanico de
partidos de mercachifles impresentables, un nido de corrupción, una demagogia
populista innecesaria. A nivel
individual, el peronista es visto como un sujeto campechano sin discernimiento
político, o un “cabeza de tacho” que cambia su lealtad por una gaseosa y un
choripan[1].Se
desliza la sospecha de que en el anti peronismo, sostenido desde la corriente
ideológica que sea, no tiene ni tuvo en cuenta la decisión popular como la
entrada de las masas en la construcción de una nueva política. Para este
sector, muy amplio en estos días de hiperopinión pública, peronismo son esas
cuatro letras que vienen atrás de Perón. Los murmullos antiperonistas de clase
media están poblados de castraciones a los sujetos populares. Los negros, que
susurraban en la oscuridad de ese Afuera que es el “interior”, fueron liberados
para tiranizar el mundo por el peronismo, llevarse todos los planes sociales y
quemar todos los parquets. Quizás a este temor extraterreno obedece la
constante castración de las bases en el relato antiperonista. Una vez, hace
mucho tiempo, los negros que no gozaban, gozaron. Es precisa una castración
química de la memoria que opere sobre el hoy para impedir que los negros
quieran volver a gozar.
Las obras
de Santoro, ese niño peronista arqueólogo, manifiestan las voces negras
suspendidas en el tiempo, amordazadas por rumores, murmullos y diretes. Los
negros en una gran turba merecen mojarse las patas en la fuente de la historia
sin que les escatimen la originalidad de su voluntad, sin ser enmudecidos ni
convertidos en esa figura servil y suspicaz que es el eunuco. La obra de arte
es, entre otras cosas, una creación colectiva. Santoro rastrea la huella del
justicialismo y limpia con el pincel las toneladas de relatos castradores que
sepultan el pasado dejándolo expuesto en su crudeza, complejidad e ironía, en
un dialogo con el presente. Como en la escritura espiritista, el autor se ha
hecho eco de las profundas sensibilidades que sigue generando la experiencia
peronista y su promesa de retorno.
Cuando
tiempo atrás, los dioses crearon la Tierra;
A imagen
y semejanza de Júpiter al incipiente Hombre moldeaban.
Para tareas menores las bestias fueron creadas;
Aunque de la especie humana muy alejadas estaban.
Para llenar el vacío y unirlas al resto de la Humanidad,
Los anfitriones del Olimpo ingeniaron un astuto plan.
Una bestia forjarían, una figura semihumana,
Para tareas menores las bestias fueron creadas;
Aunque de la especie humana muy alejadas estaban.
Para llenar el vacío y unirlas al resto de la Humanidad,
Los anfitriones del Olimpo ingeniaron un astuto plan.
Una bestia forjarían, una figura semihumana,
Colmada de vicios, y "negro" fue llamada.
H.P Lovecraft "On the creation of niggers" 1912[2]
El vocablo “negro” es
utilizado frecuentemente para denominar algo que existe pero que formalmente no
está reconocido: Sueldo en negro, facturar en negro. Incluso “autor
anónimo de un trabajo literario que firma un tercero”. La historia oficial
narrada por Buenos Aires ha ignorado obstinadamente a los autores del trabajo
que la irguieron orgullosa. Esa historia emperrada en correr a un costado al
populacho ha entronizado como creadores de la nación y fundadores de la cultura
local a varias generaciones de señores con galera, monóculo y campo. La
patronal agraria, como una amante celosa y psicópata, no está dispuesta a ceder
el lugar que se dió a sí misma como alma mater de la republica plateada.
Deliberadamente se ha excluido lo popular. Y si no se ha excluido se lo ha estetizado
como a una prostituta de puerto en una intentona
por apropiarse la memoria colectiva. Cuando la situación lo requirió, a fin de
combatir las ideologías radicales venidas de ultramar, las elites intelectuales
revalorizaron el pasado y el gaucho pasó de perseguido e ignorado a icono de la
patria, concentrando las herencias originarias e hispánicas como símbolo de
fusión y acuerdo con un pasado todavía sangrante.
La vitalidad de la cultura
popular fue conjurada por los postulados de la criminología positivista de
Lombroso, Ferri y Garófalo. Los negros, que comparten las características de la
morochez, los ojos achinados, el cabello invariablemente oscuro y rasgos
fuertes, representaron al criminal por naturaleza. Criminales antes del
nacimiento y portadores del rostro del delito, los negros se inclinaban
naturalmente a la mala vida. La voluptuosidad de la vida popular, la
sensualidad de su cultura era censurada a través de los discursos científicos
pretendidamente apolíneos[3].
A la racionalidad científica y ordenada de las clases elevadas se les oponía la
figura dionisiaca y embriagante del carnaval.
La obstinada voluntad de los
negros en dejarse ver agudizó la aversión neurótica de las clases medias y
altas de la Ciudad. Como una cuadrilla de topos terroristas insistían en
emerger de la tierra con sus ojitos pequeñitos asomando a la vida pública, a la
historia. Y la oligarquía intentaba jugar al “wack-a-mole” (golpea al topo) a pesar
de que a cada topo que golpeaba otros emergían de otros huecos a un ritmo cada
vez mas desesperante. Esta oligarquía que le había abierto las puertas (las
puertas de servicio digamos) a los negros, cuando los consideraba una especie
animal no tan problemática, abrumada por la plaga desatada en el jardín decidió
entregar algunas concesiones formales luego de que la sangre manchara las finas
polainas. La ley Sáenz Peña y alguna que otra concesión al trabajo…un
gatopardismo que cambia algo para que todo siga igual. Corrieron a los negros
debajo de la alfombra y se propusieron imitar a los tres monos sabios: no ven,
no oyen ni dicen nada negro.
Las crisis socioeconómicas
sintomatizan tanto las limitaciones del sistema de producción y acumulación de
un momento histórico, como la represión sobre las pulsiones que impulsan el
desarrollo social. La represión ejercida sobre la cultura popular, la negación
de los derechos políticos y sociales de las masas y las consecuencias
económicas sobre los más vulnerables se evidenciaron en el arte. Este,
tradicional reducto de las clases más elevadas, comenzó su tarea revolucionaria
mostrándoles las verdaderas dimensiones de lo social. Un ámbito imaginario de
posibilidades reales para una necesaria transformación de la existencia humana
que redime el pasado y el futuro de los que “laburaron en negro” la historia
del país. La crisis de 1890 hace surgir a la luz una preocupación novedosa: el
papel de las clases populares en su propio destino y el comienzo de la lenta
desilusión con el determinismo económico liberal. Y esta preocupación está
reflejada al oleo en el inmortal “sin pan
y sin trabajo” donde un trabajador desocupado descarga su puño impotente en
la mesa mientras observa afuera una protesta obrera.
Crisis es otra palabra para
oportunidad. Un nuevo desbarajuste económico sacude al mundo entero en 1929 evidenciando las limitaciones del laissez
faire. En Argentina, a la crisis económica le sucede una crisis política con el
derrocamiento del gobierno de Yrigoyen y el advenimiento de la Década Infame. Como
un mal sueño recurrente, los negros vuelven a presentarse en las obras de un
reconocido argentino. Son los de Berni que están desocupados y manifestándose
en las calles. Cada rostro es diferente, cada expresión es única. Los rostros
ponen de manifiesto las individualidades que van a llevar a cabo la
transformación histórica del país. Sus ojos de artista decía Berni, estaban
obligados a vivir abiertos y a romperse observando las condiciones de
desocupación, miseria, huelgas, luchas obreras, el hambre y las ollas
populares. Incluso cuando una dictadura había intentado suturar los procesos
democráticos del país en pos de la conservación del “buen orden”, los negros se
habían colado en el arte. En el nuevo realismo crítico inaugurado por Berni,
los dominadores veían el reflejo de su alma capitalista. Como en la obra
literaria de Oscar Wilde, las mezquindades de la dirigencia política se hacían
visibles, afeando el rostro y el alma de la buena sociedad hasta convertirlo en
una mueca cruel y suspicaz.
Yo no lo invente a Perón ni a Eva Perón ni a su
doctrina. Los trajo, en su defensa, un pueblo a quien vos y los tuyos habían
enterrado de un largo camino de miseria…
De
humilde a humillado hay poca diferencia en el imaginario de quienes comparten
la convicción de que las masas no pueden darse un destino a sí mismas. Nada es
más típico de la filosofía de la cultura predominante en esta época que el
intento de hacer a la rebelión de las masas responsable del enajenamiento y
decadencia de la cultura moderna y el ataque que se hace contra ella en nombre
de la inteligencia y el espíritu. El sector patronal y las clases medias no veían
con buenos ojos las transformaciones iniciadas por el golpe del GOU, sobretodo
en el DNT, donde un coronel convertía en realidades medidas largo tiempo
luchadas mas nunca implementadas del todo. Los enemigos del régimen esperaron
con cierta impaciencia la caída de Perón y su propio retorno al poder. Las
esperanzas se hicieron añicos cuando hordas de negros del conurbano
conquistaron la ciudad coqueta y poco dada a este tipo de visitas. Poco importaron
en ese momento los puentes levantados que pretendían impedir el avance de las
hordas morochas a la Ciudad, cruzaron igual. Hicieron picnics en donde se les
dio la gana, se mojaron las patas y el cuerpo empapándose de agua e historia.
Su conquista fue la de restituir a Perón como su conductor a fin de lograr
afianzar y expandir las conquistas obreras. Presta pa’ la orquesta dijeron, y
lo sacaron de la cárcel[4].
Con el
peronismo, las clases dominantes percibieron por primera vez al enemigo en
casa. El peronismo otorgó un reconocimiento a la identidad y a la cultura de
los sectores populares oprimidos y negados históricamente, bajo las categorías
de pensamiento y las visiones europeístas y norteamericanas de nuestras clases
dirigentes. Comienzan los albores de un Nuevo Estado y un nuevo capítulo en la
historia de las relaciones entre los trabajadores, el gobierno y la patronal. A
nivel social, la dignidad del trabajador y la protección de esta por parte del
Estado es una necesidad y un compromiso objetivo, y ya no es más un feliz libre
albedrio de quien gobierne capaz de interrumpirse a fuerza de un golpe gestado
en el rincón conservador. Comienza el trazado de la Ciudad Justicialista, de un
mundo justicialista. La pirámide del goce capitalista conservador, con sus
cuidadosamente marcados Arriba-Pocos y Abajo-Muchos, es destruida. A partir de
la revolución peronista gozan todos. Los pobres ya no eran merecedores de cosas
de pobres, los conventillos indignos fueron reemplazados por los chalecitos
californianos, los huérfanos pasaron de la prisión infantil del asilo al calor
del hogar, cada argentino sin distinción de posesiones tenía su lugar en el
corazón de la nueva argentina. En esta nueva configuración argentina, el
Estado-Madre, representado en Eva Perón se opone al pasado Estado-Padre, en
referencia al estado severo y liberal anterior al 45. La obra social del
peronismo con su estética característica llegó a todo el país, sembrando donde
quiera las evidencias físicas de un Estado Planificador. Evidencias físicas que
también fueron blanco de los murmullos en desacuerdo, que interpretaban
tenazmente los estilos Racionalista y Pintoresquista predominantes en la década
con el estilo Monumentalista entronizado por el nazismo y el fascismo[5].
A diferencia de las promesas
futuras contenidas en otras ideologías, el justicialismo contiene una promesa
desde el pasado hacia el futuro. La iconografía de la década, rescatada por el
artista pone de manifiesto la transformación del país entero a través de la independencia
económica, la soberanía política y la justicia social. Para ilustrar la transformación de la Ciudad
Justicialista con las palabras de H.P. Lovecraft: Uno no podía estar seguro de que el mar y el suelo fueran horizontales,
de modo que la posición relativa de todo el resto parecía variar
fantásticamente. Del mismo autor son las palabras que podrían dimensionar la
pesadilla que vivía el antiperonismo: “Aquel
lugar onírico que vio era anormal, no euclidiana y asquerosamente impregnada de
sensaciones de otras esferas y dimensiones distintas de la nuestra”. Espejo
utópico de la afamada y fantasmagórica R’lyeh, en la Ciudad Justicialista
duerme el rey muerto con sus hordas, ocultos bajo bóvedas cubiertas por el
manto estrellado de Eva, enviando de nuevo, tras incalculables ciclos
temporales, aquellos pensamientos que extendían el miedo por los sueños de los
más sensibles aristócratas, a la vez que apremiaban a sus fieles a lanzarse en
pos de un peregrinaje por su liberación y la restauración de aquel paraíso
perdido justicialista.
El
intento de enterrar la experiencia peronista bajo toneladas de mitos y decires
de las clases medias ha llegado hasta nosotros como un legado malformado de
supersticiones. Mediante la infamia del murmullo volvieron a quitarle a los
negros, y esta es quizás la más cruel de sus mezquindades, su papel como
artífices de su propia igualación. Mientras la Libertadora suprimía las
evidencias de la memoria colectiva del peronismo, la versión de los ganadores
del 55 sugería que la realidad argentina de la última década era similar al Vathek de Beckford: Un tirano
absolutista emparejado con una prostituta revanchista festejados por
innumerables eunucos serviles habían dado vuelta las leyes del buen devenir
histórico para finalmente caer en el infierno que tenían merecido. Les quitaron
a los negros cualquier participación activa en la configuración socio cultural
peronista, los sacaron del espacio público y
les arrebataron su lugar como sujetos portadores de la transformación histórica.
Los castraron para que no volvieran a gozar. El vector volvió a apuntar desde
el norte al sur. La voluntad popular fue ignorada y sumergida, el nombre del
conductor fue prohibido, el partido proscripto y el pasado amputado y cosido
así nomas. Habría de pudrirse.
La obra de Berni y la de Santoro representan el despertar dialectico del historiador que es consciente del peligro del instante historico. Atraparon el recuerdo tal como este relampaguea en un instante de peligro. Al revelar la realidad
y las posibilidades reales de emancipación, corrían el velo sobre la
estetización de la política ingeniada por el discurso dominante. ¿No hay en las
voces a las que prestamos oídos un eco de las que se extinguieron antaño? El pasado
que no descansa en paz alcanza los sueños de los artistas. La imaginación es
también otra forma de conocimiento. Los negros consiguieron (incluso negros
muertos, ahora que están de moda los zombies) llegar al arte a través de un
pincel. Como el latido acusador de un corazón que intentaron exterminar los
pulcros hombrecitos del 55, los negros aparecen otra vez, acusadores. Los
Manuales del niño Peronista poseen el don de avivar en lo pasado la chispa de
la esperanza futura. El coloso justicialista, esa promesa que todavía opera
desde el sensorium colectivo del país, la mamá de Juancito Laguna, Eva el Hada
Buena, la Siam, el chalecito, el hombre Pulqui, el duelo eterno de una Singer
son elementos que recoge Santoro, una explosión de imágenes que configuran un desenfrenado
estallido barroco.
.
La
ideología fatalista, inmovilizadora, que anima el discurso liberal, al decir de
Freire, con aires de posmodernidad, insiste en convencernos de que nada podemos
hacer contra la realidad social que se naturaliza a partir de un discurso
histórico y cultural. Es una voluntad inmovilizadora que opera incluso cuando
pensamos que no lo está haciendo. El arte politizado rescata al hombre de ese
ideal inmóvil que propone la estetización de la política. La isla de los
muertos, como una distante Avalon vista desde el Rio de la Plata, con sus
escaleras y la CGT en ella, cobija los muertos del pasado protegiéndolos del
enemigo que no ha parado de vencer. En la Isla de los muertos descansan sin
dormir las alegrías y los compañeros de otro tiempo, a la espera de la
redención. La utopía de una ciudad justicialista, negra y modernísima permite
pensar no una quimera, sino sentir la necesidad histórica de cumplir esa
promesa peronista de redención. ¿Quién sino levantó los poderosos monumentos y
edificios de la ciudad justicialista?
Tal y como las flores vuelven su corola hacia el sol, así en virtud de un
heliotropismo de secreta especie, tiende a volverse lo sido hacia el sol que
empieza a despuntar en el cielo de la historia. La obra de Santoro, que echa
mano del material sensible aun hoy presente en el imaginario colectivo,
resucita los ecos y las visiones de un pasado que fue y que todavía quiere ser.
A través de la creación de espacializaciones constituye contundentes fragmentos
de la multifacética vida peronista, actualizando el arte a través del pasado,
subsanando un faltante de muchos años.
El descamisado
gigante es la encarnación sombría de un monumento no concretado, la sombra que
amenaza con su garrote de tres ramas las cabezas de explotadores y tilingos.
Acecha el bosque oscuro en los alrededores de la ciudad capitalista que lo
ignora soberbiamente. Las sensaciones evocadas por las pinturas arqueológicas
de Santoro exorcizan los murmullos infames de la ciudad capitalista para
ponernos sobre la senda del descubrimiento de una nación Justa Libre y
Soberana, planificada, una construcción popular inconclusa pero vigente. Quizás
en ese tiempo que no tiene tiempo, el de la redención, el coro de voces negras,
entonando el himno final de su liberación, invoque su fuerza colosal para que
acerque a la costa la ciudad justicialista donde los muertos no descansan a la
espera de volver y ser millones.
[1] Duran Barba se jactaba en una entrevista para La
Nacion Revista “nosotros le damos una
opinión política al tipo que vende choripanes en mataderos”
[2] La fecha de creación de estos
versos coincide con la Ley Saenz Peña y el final de la doctrina de la pureza
del sufragio.
[3] Hoy en día esta visión positivista puede escucharse
aggiornada en las tragicómicas emisiones radiales de Ari Paluch o Baby
Etchecopar.
[4] “Habia prevalecido sobre todos
los partidos políticos, las fuerzas del gran capital, los diarios más
prestigiosos, los círculos académicos y universitarios, las organizaciones
estudiantiles, los intelectuales, buena parte de la clase media y la totalidad
de las clases altas. Y también sobre Estados Unidos y su omnipotencia.” Félix
Luna: La Argentina era una Fiesta.
[5] Solo un puñado de obras podrían
ser asimiladas al Monumentalismo, y aun estas no hacían más que imitar los
ejemplos sembrados durante los gobiernos conservadores, como la actual Facultad
de Ingeniería (Ex Fundación Eva Perón), que repetía el modelo propuesto en 1938
por la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales.









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