sábado, 11 de mayo de 2013

La infamia de los que murmuran.


La infamia de los que murmuran.



Este trabajo es un breve intento por dimensionar a través del arte y más particularmente la obra de Daniel Santoro, la impronta sensible que el justicialismo ha dejado tras de sí. Esa ideología de la justicia como el goce de todos, pero sobretodo de los desamparados. Es posiblemente debido a esta ideología de la felicidad justicialista que aun hoy, el peronismo es asociado no solo al bienestar y la calidad de la vida, sino a las cosas felices. Un día peronista en el dialecto cotidiano despreocupado es un día muy bonito, despejado y fresco (un día forjado en octubre), una chica peronista significa una chica con atributos físicos atractivamente generosos, es la cadencia hipnótica del bombo y es el olor a asado en una obra en construcción. Al asueto laboral y el aguinaldo se conoce como San Perón.
Sin embargo, en el imaginario antiperonista, este movimiento fue una crónica de horror lovecraftiano. Peronista significa para este sector un abanico de partidos de mercachifles impresentables, un nido de corrupción, una demagogia populista innecesaria.  A nivel individual, el peronista es visto como un sujeto campechano sin discernimiento político, o un “cabeza de tacho” que cambia su lealtad por una gaseosa y un choripan[1].Se desliza la sospecha de que en el anti peronismo, sostenido desde la corriente ideológica que sea, no tiene ni tuvo en cuenta la decisión popular como la entrada de las masas en la construcción de una nueva política. Para este sector, muy amplio en estos días de hiperopinión pública, peronismo son esas cuatro letras que vienen atrás de Perón. Los murmullos antiperonistas de clase media están poblados de castraciones a los sujetos populares. Los negros, que susurraban en la oscuridad de ese Afuera que es el “interior”, fueron liberados para tiranizar el mundo por el peronismo, llevarse todos los planes sociales y quemar todos los parquets. Quizás a este temor extraterreno obedece la constante castración de las bases en el relato antiperonista. Una vez, hace mucho tiempo, los negros que no gozaban, gozaron. Es precisa una castración química de la memoria que opere sobre el hoy para impedir que los negros quieran volver a gozar.
Las obras de Santoro, ese niño peronista arqueólogo, manifiestan las voces negras suspendidas en el tiempo, amordazadas por rumores, murmullos y diretes. Los negros en una gran turba merecen mojarse las patas en la fuente de la historia sin que les escatimen la originalidad de su voluntad, sin ser enmudecidos ni convertidos en esa figura servil y suspicaz que es el eunuco. La obra de arte es, entre otras cosas, una creación colectiva. Santoro rastrea la huella del justicialismo y limpia con el pincel las toneladas de relatos castradores que sepultan el pasado dejándolo expuesto en su crudeza, complejidad e ironía, en un dialogo con el presente. Como en la escritura espiritista, el autor se ha hecho eco de las profundas sensibilidades que sigue generando la experiencia peronista y su promesa de retorno.

Cuando tiempo atrás, los dioses crearon la Tierra;
A imagen y semejanza de Júpiter al incipiente Hombre moldeaban.
Para tareas menores las bestias fueron creadas;
Aunque de la especie humana muy alejadas estaban.
Para llenar el vacío y unirlas al resto de la Humanidad,
Los anfitriones del Olimpo ingeniaron un astuto plan.
Una bestia forjarían, una figura semihumana,
Colmada de vicios, y "negro" fue llamada.


H.P Lovecraft "On the creation of niggers" 1912[2]



El vocablo “negro” es utilizado frecuentemente para denominar algo que existe pero que formalmente no está reconocido: Sueldo en negro, facturar en negro. Incluso “autor anónimo de un trabajo literario que firma un tercero”. La historia oficial narrada por Buenos Aires ha ignorado obstinadamente a los autores del trabajo que la irguieron orgullosa. Esa historia emperrada en correr a un costado al populacho ha entronizado como creadores de la nación y fundadores de la cultura local a varias generaciones de señores con galera, monóculo y campo. La patronal agraria, como una amante celosa y psicópata, no está dispuesta a ceder el lugar que se dió a sí misma como alma mater de la republica plateada. Deliberadamente se ha excluido lo popular. Y si no se ha excluido se lo ha estetizado como a una prostituta de puerto en una intentona por apropiarse la memoria colectiva. Cuando la situación lo requirió, a fin de combatir las ideologías radicales venidas de ultramar, las elites intelectuales revalorizaron el pasado y el gaucho pasó de perseguido e ignorado a icono de la patria, concentrando las herencias originarias e hispánicas como símbolo de fusión y acuerdo con un pasado todavía sangrante.
La vitalidad de la cultura popular fue conjurada por los postulados de la criminología positivista de Lombroso, Ferri y Garófalo. Los negros, que comparten las características de la morochez, los ojos achinados, el cabello invariablemente oscuro y rasgos fuertes, representaron al criminal por naturaleza. Criminales antes del nacimiento y portadores del rostro del delito, los negros se inclinaban naturalmente a la mala vida. La voluptuosidad de la vida popular, la sensualidad de su cultura era censurada a través de los discursos científicos pretendidamente apolíneos[3]. A la racionalidad científica y ordenada de las clases elevadas se les oponía la figura dionisiaca y embriagante del carnaval.
La obstinada voluntad de los negros en dejarse ver agudizó la aversión neurótica de las clases medias y altas de la Ciudad. Como una cuadrilla de topos terroristas insistían en emerger de la tierra con sus ojitos pequeñitos asomando a la vida pública, a la historia. Y la oligarquía intentaba jugar al “wack-a-mole” (golpea al topo) a pesar de que a cada topo que golpeaba otros emergían de otros huecos a un ritmo cada vez mas desesperante. Esta oligarquía que le había abierto las puertas (las puertas de servicio digamos) a los negros, cuando los consideraba una especie animal no tan problemática, abrumada por la plaga desatada en el jardín decidió entregar algunas concesiones formales luego de que la sangre manchara las finas polainas. La ley Sáenz Peña y alguna que otra concesión al trabajo…un gatopardismo que cambia algo para que todo siga igual. Corrieron a los negros debajo de la alfombra y se propusieron imitar a los tres monos sabios: no ven, no oyen ni dicen nada negro.


Las crisis socioeconómicas sintomatizan tanto las limitaciones del sistema de producción y acumulación de un momento histórico, como la represión sobre las pulsiones que impulsan el desarrollo social. La represión ejercida sobre la cultura popular, la negación de los derechos políticos y sociales de las masas y las consecuencias económicas sobre los más vulnerables se evidenciaron en el arte. Este, tradicional reducto de las clases más elevadas, comenzó su tarea revolucionaria mostrándoles las verdaderas dimensiones de lo social. Un ámbito imaginario de posibilidades reales para una necesaria transformación de la existencia humana que redime el pasado y el futuro de los que “laburaron en negro” la historia del país. La crisis de 1890 hace surgir a la luz una preocupación novedosa: el papel de las clases populares en su propio destino y el comienzo de la lenta desilusión con el determinismo económico liberal. Y esta preocupación está reflejada al oleo en el inmortal “sin pan y sin trabajo” donde un trabajador desocupado descarga su puño impotente en la mesa mientras observa afuera una protesta obrera.
Crisis es otra palabra para oportunidad. Un nuevo desbarajuste económico sacude al mundo entero en 1929  evidenciando las limitaciones del laissez faire. En Argentina, a la crisis económica le sucede una crisis política con el derrocamiento del gobierno de Yrigoyen y el advenimiento de la Década Infame. Como un mal sueño recurrente, los negros vuelven a presentarse en las obras de un reconocido argentino. Son los de Berni que están desocupados y manifestándose en las calles. Cada rostro es diferente, cada expresión es única. Los rostros ponen de manifiesto las individualidades que van a llevar a cabo la transformación histórica del país. Sus ojos de artista decía Berni, estaban obligados a vivir abiertos y a romperse observando las condiciones de desocupación, miseria, huelgas, luchas obreras, el hambre y las ollas populares. Incluso cuando una dictadura había intentado suturar los procesos democráticos del país en pos de la conservación del “buen orden”, los negros se habían colado en el arte. En el nuevo realismo crítico inaugurado por Berni, los dominadores veían el reflejo de su alma capitalista. Como en la obra literaria de Oscar Wilde, las mezquindades de la dirigencia política se hacían visibles, afeando el rostro y el alma de la buena sociedad hasta convertirlo en una mueca cruel y suspicaz.


Yo no lo invente a Perón ni a Eva Perón ni a su doctrina. Los trajo, en su defensa, un pueblo a quien vos y los tuyos habían enterrado de un largo camino de miseria…
De humilde a humillado hay poca diferencia en el imaginario de quienes comparten la convicción de que las masas no pueden darse un destino a sí mismas. Nada es más típico de la filosofía de la cultura predominante en esta época que el intento de hacer a la rebelión de las masas responsable del enajenamiento y decadencia de la cultura moderna y el ataque que se hace contra ella en nombre de la inteligencia y el espíritu. El sector patronal y las clases medias no veían con buenos ojos las transformaciones iniciadas por el golpe del GOU, sobretodo en el DNT, donde un coronel convertía en realidades medidas largo tiempo luchadas mas nunca implementadas del todo. Los enemigos del régimen esperaron con cierta impaciencia la caída de Perón y su propio retorno al poder. Las esperanzas se hicieron añicos cuando hordas de negros del conurbano conquistaron la ciudad coqueta y poco dada a este tipo de visitas. Poco importaron en ese momento los puentes levantados que pretendían impedir el avance de las hordas morochas a la Ciudad, cruzaron igual. Hicieron picnics en donde se les dio la gana, se mojaron las patas y el cuerpo empapándose de agua e historia. Su conquista fue la de restituir a Perón como su conductor a fin de lograr afianzar y expandir las conquistas obreras. Presta pa’ la orquesta dijeron, y lo sacaron de la cárcel[4].
Con el peronismo, las clases dominantes percibieron por primera vez al enemigo en casa. El peronismo otorgó un reconocimiento a la identidad y a la cultura de los sectores populares oprimidos y negados históricamente, bajo las categorías de pensamiento y las visiones europeístas y norteamericanas de nuestras clases dirigentes. Comienzan los albores de un Nuevo Estado y un nuevo capítulo en la historia de las relaciones entre los trabajadores, el gobierno y la patronal. A nivel social, la dignidad del trabajador y la protección de esta por parte del Estado es una necesidad y un compromiso objetivo, y ya no es más un feliz libre albedrio de quien gobierne capaz de interrumpirse a fuerza de un golpe gestado en el rincón conservador. Comienza el trazado de la Ciudad Justicialista, de un mundo justicialista. La pirámide del goce capitalista conservador, con sus cuidadosamente marcados Arriba-Pocos y Abajo-Muchos, es destruida. A partir de la revolución peronista gozan todos. Los pobres ya no eran merecedores de cosas de pobres, los conventillos indignos fueron reemplazados por los chalecitos californianos, los huérfanos pasaron de la prisión infantil del asilo al calor del hogar, cada argentino sin distinción de posesiones tenía su lugar en el corazón de la nueva argentina. En esta nueva configuración argentina, el Estado-Madre, representado en Eva Perón se opone al pasado Estado-Padre, en referencia al estado severo y liberal anterior al 45. La obra social del peronismo con su estética característica llegó a todo el país, sembrando donde quiera las evidencias físicas de un Estado Planificador. Evidencias físicas que también fueron blanco de los murmullos en desacuerdo, que interpretaban tenazmente los estilos Racionalista y Pintoresquista predominantes en la década con el estilo Monumentalista entronizado por el nazismo y el fascismo[5]

A diferencia de las promesas futuras contenidas en otras ideologías, el justicialismo contiene una promesa desde el pasado hacia el futuro. La iconografía de la década, rescatada por el artista pone de manifiesto la transformación del país entero a través de la independencia económica, la soberanía política y la justicia social. Para  ilustrar la transformación de la Ciudad Justicialista con las palabras de H.P. Lovecraft: Uno no podía estar seguro de que el mar y el suelo fueran horizontales, de modo que la posición relativa de todo el resto parecía variar fantásticamente. Del mismo autor son las palabras que podrían dimensionar la pesadilla que vivía el antiperonismo: “Aquel lugar onírico que vio era anormal, no euclidiana y asquerosamente impregnada de sensaciones de otras esferas y dimensiones distintas de la nuestra”. Espejo utópico de la afamada y fantasmagórica R’lyeh, en la Ciudad Justicialista duerme el rey muerto con sus hordas, ocultos bajo bóvedas cubiertas por el manto estrellado de Eva, enviando de nuevo, tras incalculables ciclos temporales, aquellos pensamientos que extendían el miedo por los sueños de los más sensibles aristócratas, a la vez que apremiaban a sus fieles a lanzarse en pos de un peregrinaje por su liberación y la restauración de aquel paraíso perdido justicialista.

El intento de enterrar la experiencia peronista bajo toneladas de mitos y decires de las clases medias ha llegado hasta nosotros como un legado malformado de supersticiones. Mediante la infamia del murmullo volvieron a quitarle a los negros, y esta es quizás la más cruel de sus mezquindades, su papel como artífices de su propia igualación. Mientras la Libertadora suprimía las evidencias de la memoria colectiva del peronismo, la versión de los ganadores del 55 sugería que la realidad argentina de la última década era similar al Vathek de Beckford: Un tirano absolutista emparejado con una prostituta revanchista festejados por innumerables eunucos serviles habían dado vuelta las leyes del buen devenir histórico para finalmente caer en el infierno que tenían merecido. Les quitaron a los negros cualquier participación activa en la configuración socio cultural peronista, los sacaron del espacio público y  les arrebataron su lugar como sujetos portadores de la transformación histórica. Los castraron para que no volvieran a gozar. El vector volvió a apuntar desde el norte al sur. La voluntad popular fue ignorada y sumergida, el nombre del conductor fue prohibido, el partido proscripto y el pasado amputado y cosido así nomas. Habría de pudrirse.
La obra de Berni y la de Santoro representan el despertar dialectico del historiador que es consciente del peligro del instante historico. Atraparon el recuerdo tal como este relampaguea en un instante de peligro. Al revelar la realidad y las posibilidades reales de emancipación, corrían el velo sobre la estetización de la política ingeniada por el discurso dominante. ¿No hay en las voces a las que prestamos oídos un eco de las que se extinguieron antaño? El pasado que no descansa en paz alcanza los sueños de los artistas. La imaginación es también otra forma de conocimiento. Los negros consiguieron (incluso negros muertos, ahora que están de moda los zombies) llegar al arte a través de un pincel. Como el latido acusador de un corazón que intentaron exterminar los pulcros hombrecitos del 55, los negros aparecen otra vez, acusadores. Los Manuales del niño Peronista poseen el don de avivar en lo pasado la chispa de la esperanza futura. El coloso justicialista, esa promesa que todavía opera desde el sensorium colectivo del país, la mamá de Juancito Laguna, Eva el Hada Buena, la Siam, el chalecito, el hombre Pulqui, el duelo eterno de una Singer son elementos que recoge Santoro, una explosión de imágenes que configuran un desenfrenado estallido barroco.
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La ideología fatalista, inmovilizadora, que anima el discurso liberal, al decir de Freire, con aires de posmodernidad, insiste en convencernos de que nada podemos hacer contra la realidad social que se naturaliza a partir de un discurso histórico y cultural. Es una voluntad inmovilizadora que opera incluso cuando pensamos que no lo está haciendo. El arte politizado rescata al hombre de ese ideal inmóvil que propone la estetización de la política. La isla de los muertos, como una distante Avalon vista desde el Rio de la Plata, con sus escaleras y la CGT en ella, cobija los muertos del pasado protegiéndolos del enemigo que no ha parado de vencer. En la Isla de los muertos descansan sin dormir las alegrías y los compañeros de otro tiempo, a la espera de la redención. La utopía de una ciudad justicialista, negra y modernísima permite pensar no una quimera, sino sentir la necesidad histórica de cumplir esa promesa peronista de redención. ¿Quién sino levantó los poderosos monumentos y edificios de la ciudad justicialista? 

Tal y como las flores vuelven su corola hacia el sol, así en virtud de un heliotropismo de secreta especie, tiende a volverse lo sido hacia el sol que empieza a despuntar en el cielo de la historia. La obra de Santoro, que echa mano del material sensible aun hoy presente en el imaginario colectivo, resucita los ecos y las visiones de un pasado que fue y que todavía quiere ser. A través de la creación de espacializaciones constituye contundentes fragmentos de la multifacética vida peronista, actualizando el arte a través del pasado, subsanando un faltante de muchos años.
El descamisado gigante es la encarnación sombría de un monumento no concretado, la sombra que amenaza con su garrote de tres ramas las cabezas de explotadores y tilingos. Acecha el bosque oscuro en los alrededores de la ciudad capitalista que lo ignora soberbiamente. Las sensaciones evocadas por las pinturas arqueológicas de Santoro exorcizan los murmullos infames de la ciudad capitalista para ponernos sobre la senda del descubrimiento de una nación Justa Libre y Soberana, planificada, una construcción popular inconclusa pero vigente. Quizás en ese tiempo que no tiene tiempo, el de la redención, el coro de voces negras, entonando el himno final de su liberación, invoque su fuerza colosal para que acerque a la costa la ciudad justicialista donde los muertos no descansan a la espera de volver y ser millones.      
     


 



[1] Duran Barba se jactaba en una entrevista para La Nacion Revista “nosotros le damos una opinión política al tipo que vende choripanes en mataderos”
[2] La fecha de creación de estos versos coincide con la Ley Saenz Peña y el final de la doctrina de la pureza del sufragio.
[3] Hoy en día esta visión positivista puede escucharse aggiornada en las tragicómicas emisiones radiales de Ari Paluch o Baby Etchecopar.
[4] “Habia prevalecido sobre todos los partidos políticos, las fuerzas del gran capital, los diarios más prestigiosos, los círculos académicos y universitarios, las organizaciones estudiantiles, los intelectuales, buena parte de la clase media y la totalidad de las clases altas. Y también sobre Estados Unidos y su omnipotencia.” Félix Luna: La Argentina era una Fiesta.
[5] Solo un puñado de obras podrían ser asimiladas al Monumentalismo, y aun estas no hacían más que imitar los ejemplos sembrados durante los gobiernos conservadores, como la actual Facultad de Ingeniería (Ex Fundación Eva Perón), que repetía el modelo propuesto en 1938 por la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales.

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